DOCENTES DE AYER, HOY Y SIEMPRE (I)

PALABRAS DE MAESTRO.

 

No sabía cómo romper el hielo de este 2021en el blog. Ya llevaba un tiempo sin pasarme por aquí y me venía a la cabeza aquella canción de Sabina que decía: – “Oiga doctor que no escribo una nota desde que soy feliz”, que ahora rimaría mucho más actual “… desde la Covid”. Y fue el fútbol, concretamente las feroces críticas que la moral del Alcoyano desencadenaron contra el entrenador rival, quien me puso en el camino. Críticas que como era de suponer, llegaron de hasta quien lo más redondo que ha visto en su vida ha sido una porción de chocolate, de ahí que recordara que de fútbol, como de educación, en este país todos somos honoris causa. Enconadamente discutimos, sesudos opinamos y panza arriba defendemos nuestros modelos, educativos o futbolísticos, porque inequívocamente estamos convencidos de que sin duda son el mejor, ¿dónde va a parar? En el país del cuñadismo, el: -“Créeme que te lo digo yo, que esto es así”, es el más manido de los argumentos de peso.

En definitiva y a lo que iba, en educación, también los aficionados (las familias), desde fuera sin conocer por dentro el vestuario (el aula), la dinámica de los entrenamientos (las clases), o los compañeros (el grupo), juzgan alegremente al entrenador (el maestro), por sus decisiones tomadas en milésimas de segundo (horario escolar), olvidándose de poner en valor el siempre el fundamental contexto en el que se suceden las cosas: el momento, la situación, la reiteración, la actitud, etc., sopesando únicamente la visible pero casi siempre engañosa punta del iceberg.

En esta sociedad sin pausa que nos incita a emitir juicios continuamente al paso, al primer toque, acabamos valorando la competencia y la capacidad de los maestros y profesores de nuestros hijos, en base a una idea, a un paradigma de docente, que como buen cuñao (con más o menos formación y criterio educativo), yo he articulado en mi cabeza (por supuesto la mejor de todas), y que no es otro, aunque algunos padres aún no se hayan dado cuenta todavía, que aquel modelo que mejor se adapte al carácter y forma de ser de mi hijo, por muy encantador, cabroncete o maleducado que este sea. Ni más ni menos. No pensamos en un modelo válido para todos, sino válido y útil a mis intereses particulares, entendible hasta cierto punto, somos padres. Sin embargo la trampa está en que a partir de entonces comenzamos a valorar la competencia profesional de ese profesor en particular que no termina de gustarme, no según lo que este o esta hace o como lo hace, sino según aquello que yo creo que debe de hacer y que más me conviene que haga con mi hijo. Si es muy movido, exijo disciplina, si es introvertido, hay que darle cariño y confianza, si académicamente es muy bueno, ampliaciones y estímulos, si es número uno en vagancia y no quiere hacer el jodido ni la “o” con un canuto, pues… pues que le haga feliz y le entretenga, que también tiene derecho.

Al hilo de esta madeja de los modelos docentes y de sus requeridas habilidades para adaptarse a esa escuela del futuro, cientos de libros, charlas, conferenciantes y monos de feria educativa, hacen su agosto año tras  año vendiendo a la sociedad un supuesto modelo único e infalible de “superteacher 3.0 chachiguay  que te rilas”. Modelo este que a base de propaganda de jarra Mr. Wonderfull y de corrientes pedagógicas amantes de la homeopatía educativa, acaba calando no solo en aquellas familias descontentas con lo que tienen, sino también entre acomplejados compañeros, que no se sabe si faltos de personalidad, asqueados de tanta crítica o porque tienen menos criterio que un político intentando atajar una pandemia, terminan intentando imitar.

¿En qué se basa ese modelo de superdocente? ¿Cómo llegar hasta él? Fácil. Instaurando la idea, ya por todos asumida, de la poca formación que muestran los docentes en este país, que además de culpabilizarles en primera persona del fracaso educativo, incentiva a poner en circulación tropecientos mil nuevos cursos de habilidades y capacitaciones que no puedes dejar pasar. Hay que vender formación como sea, de lo que sea y al precio que sea. La formación es un negocio más, no seamos ingenuos. Hay que ofertar cursos y más cursos, todos ellos con la vitola de esenciales e imprescindibles para un docente comprometido e involucrado como lo eres tú. Una mentira de formación infame que asegura que con este curso, aquel máster y aquel congreso de más allá, ya está uno preparado cien por cien para lidiar y salir a hombros de la plaza que sea, igualando los perfiles y los puestos de unos y otros con una frivolidad y una desvergüenza insultante.

¿En qué cabeza cabe comparar el desempeño de un profesor que imparte clase en un barrio deprimido económicamente, con aquel otro que va a hacerlo en entornos de barrios elitistas? ¿Cómo van a ser iguales las habilidades requeridas para un maestro destinado en un colegio rural, que las necesitadas para hacerlo en barrios céntricos superpoblados de la ciudad? ¿Cómo va a tener las mismas cualidades profesionales un educador que pelea día a día con niños en riesgo de exclusión social, abocados irremisiblemente al abandono escolar, que otro que trabaja con alumnos de altas capacidades? Por cierto y respecto a las altas capacidades de las que algún día prometo hablar aquí, cierto es que ni son todos los que están ni están todos los que son, pero ni a estos alumnos se les puede permitir todo escudados en ese patético “¿¡como se aburren!?”, ni puede ser que en cada clase nos aparezcan ahora de la noche a la mañana, igual que el rebollón en el Moncayo en época otoñal, seis o siete casos diagnosticados.

Ni hay ni debe haber modelos docentes universales, al igual que ni hay ni debemos pretender tener alumnos clonados, aunque a veces así parece que nos gustaría que fuera. Lo que sí hay y debe de haber obligatoriamente son valores comunes e inherentes a la palabra maestro. Valores innegociables que están quedando, fruto de la bobería de algunas de las nuevas innovadoras corrientes educativas que apelan más al compadreo que al rigor profesional, y a la estulticia de algunos compañeros que todavía no han entendido qué hay en su debe profesional, cada vez más difuminados. Valores como la honestidad, la seriedad, la honradez, el compromiso y la implicación.

Palabras gruesas, con solera. Con olor quizá a rancio, a naftalina y alcanfor, pero tremendamente todavía a día de hoy actuales y necesarias de recordar. Y no, no hablo aquí ni incluyo la vocación. Eso es otra cosa. Ni esto va de misticismos religiosos, hablamos de profesionalidad, ni nosotros somos Santa Teresa de Jesús. Solo con la vocación no se va a ningún lado, igual al cielo, pero con las demás palabras sí.

Lógicamente, esos valores necesitarán para carburar de verdad en el día a día apoyarse en unas cuantas habilidades personales más, en unas cuantas recias palabras más. También ahí las nuevas influencias educativas están consciente o inconscientemente, errando el disparo, apuntando a la gran necesidad de que el docente alberge en su seno como principales cualidades: un gran ingenio e inventiva, una ineludible disposición para el trabajo en equipo, una capacidad incuestionable para el manejo de cuantiosas tecnologías y/o para el dominio de un sinfín de entornos de aprendizajes, y bla bla bla. Chorradas. Para mí: liderazgo, empatía, persuasión y una fundamental que cada vez menos se nombra y que es la clave de bóveda de todo buen docente, conocimiento y dominio sobre aquello que está impartiendo. Igual que no puede existir un cirujano con fobia a la sangre, un torero animalista, o volviendo al fútbol, un portero con alergia al balón, no puede existir un docente que cojee en una de estas cuatro habilidades. Todas, las cuatro, son necesarias en esta mesa educativa si queremos poder servir después un buen menú de aprendizajes.

Siempre he pensado que hemos contado con excelentes profesionales dentro del mundo de la educación y que ahora también los tenemos. Sin embargo me surgen dudas, serias dudas, de si así lo seguiré valorando en el futuro. No por la formación de los nuevos compañeros que llegan, de eso van sobrados, sino por la concepción que tienen o les han hecho tener desde las universidades, los cursos, los medios,… de qué va verdaderamente esto de educar. Siento decirlo pero les veo como se suele decir con demasiados pajaricos en la cabeza, aunque tampoco podemos por ello culpabilizarles.

La sociedad les ha hecho creer ante ese presunto fracaso del sistema, que son los docentes actuales, es decir nosotros, quienes siguen desfasados para dar clase en estos nuevos tiempos que corren. Les han convencido de que se siguen perpetuando en las aulas unos modelos educativos trasnochados, y les hablan de no sé qué posición jerárquica a la que se aferran temiendo perder los profesaurios, y que ahora en esta nueva educación, debe ser el alumno y su hiperprotegido protagonismo, aquel que alimenta por otro lado sus insaciables e irreconducibles egos, el que ocupe y dirima hacia donde deben ir las clases.

Les creímos y les siguen creyendo a pies juntillas. Y nos pasará, sí a nosotros también,  lo que a otros compañeros les pasó pero esta vez multiplicado por mil. A ti, o a mí, que pensamos que gracias a nuestra formación y experiencia estamos convencidos de saber cómo se hacen las cosas, de saber cómo se deben dar las clases o como se deben manejar los grupos. Nos señalarán, si es que ya no lo hacen, como les pasó a quienes nos precedieron en la generación anterior. Profesionales, aquellos compañeros, con una capacidad de trabajo insuperable que ya me gustaría saber a mí si van a ser capaces de igualar, ojalá así sea, las nuevas generaciones. Maestros y maestras peculiares, sin modelos únicos, todos distintos entre sí pero con un vicio común, hacer del colegio su propia casa y de su aula un acogedor cuarto de estar. Calendarios de su pueblo en la mesa, geranios en las ventanas, su estufa eléctrica a los pies de la mesa, cojines con funda bordada de ganchillo, e incluso la barra de pan que de paso al colegio habían comprado colgada en la percha.

Maestros sin tantos fuegos de artificio. Sin tanta ola mediática de mesías redentor con la que ahora se vende la profesión. Simples pero contundentes en sus palabras. Serios pero amables, educados pero cercanos, rectos pero también cariñosos cuando había que serlo. Duros y exigentes, por supuesto “a la escuela se va a aprender y a esforzarse”, pero también comprensivos y tolerantes. En definitiva, maestros que dignificaron su profesión desde el primer hasta el último día en el que marcharon del centro, saliendo del mismo entre el atronador pasillo de aplausos, abrazos y emocionadas lágrimas de alumnos, compañeros y también familias.

No perdamos por tanto la cabeza ni piquemos el anzuelo ante la astracanada en la que quieren convertir o ya están convirtiendo la profesión docente, ni perdamos de vista la perspectiva de lo realmente trascendental e importante, que los chicos aprendan, como sea, pero que aprendan, así de sencillo. Algo que resumiría perfectamente un dicho del mundo futbolero con el que empezamos: “no es mejor jugador aquel que hace las cosas más espectaculares, si no aquel que hace fácil lo difícil”, y en eso amigos, los docentes de toda la vida, siempre fueron unos auténticos maestros.

 

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