EL ESFUERZO NO SE NEGOCIA

 “El Gobierno quita el límite de suspensos que fijaba la Lomce para pasar de curso y obtener el título este año”.

Pasaba de puntillas semanas atrás por los medios, no lógicamente por todos, aquellos metidos a trileros de la información ni siquiera se dignaron a hacerse eco del mismo, este torpedo educativo en forma de titular, derechito a la línea de flotación de uno de los primordiales valores que sustentan o deberían sustentar, uno ya no sabe si todavía es así, nuestro sistema educativo actual, el esfuerzo de sus alumnos.

Comienzo así con este post en fechas de tristes Pilares para todos nosotros, la tercera temporada de este blog de opinión educativa, por el que este año prometo pasarme al mínimo una vez cada dos semanas, para denunciar, protestar, patalear y dar voz aunque sea de forma testimonial, a todos esos descontentos y agraviados con las políticas educativas de esta panda de cleptócratas, todos, los unos y los otros que quede bien claro, que a base de enfrentamientos varios, ocurrencias y disparates nos están abocando a este cutre y demagógico escenario de borreguismo educativo.  

Y es que aprovechando esta psicosis pandémica en la que andamos metidos, surfeando como podemos esta segunda ola, tsunami en lo económico, que inexplicablemente nos ha llegado a tenor de las declaraciones de todos y cada uno de los presidentes de cada comunidad, que afirman sin rubor alguno que allí, en la suya, en la de al lado igual no, pero en la suya sí, se están haciendo las cosas la mar de bien, ha salido a escena una vez más nuestra estólida ministra de educación, antes eso sí de coger el vuelo y pirarse a Bilbao en pleno confinamiento, para entre medio de las infantiles peleas por ver quién manda en la comunidad de Madrid, (Mientras los gobiernos difieren se están perdiendo vidas”, les ha recriminado la OMS), activar, no sabemos si de manera temporal mientras dure esta crisis o bien ya como me temo y aprovechando la coyuntura de forma permanente, este artefacto definitivo que dinamitará de una vez por todas la calidad educativa de este país, preferentemente del sistema público, conformando así el nuevo modelo que tienen en mente y al que poco a poco con sus políticas nos van encaminando, que no es otro que un sonrojante sistema de guarderías públicas para niños y adolescentes, al servicio de empresas y clientelismo familiar.

Dejando aparte protocolos, mascarillas y geles que no solo de COVID muere el hombre, también lo hace  de ignorancia, me veo en la obligación de reflexionar en voz alta sobre este último atropello educativo, en lo que parece ser la segunda parte de aquel inefable: “Esto no es un aprobado general, pero se le parece” del curso pasado. Ahí tienen la noticia por si la quieren leer, aunque ya se la resumo en dos palabras: “Todos pa´lante”.  Se podrá pasar de curso sin límite de suspensos, buscando con ello que nadie se quede atrás y sin titulación por culpa de la pandemia, se la haya ganado esta o no, eso ahora es lo de menos. La intención es muy clara. Con el fin de evitar que se aireen y salten a la luz pública los posibles retrasos, contratiempos  y/o  fracasos educativos que no es que se vayan a dar, sino que ya se están produciendo en todos los niveles, y más que se van a dar ya que solo se están preocupando de difundir esa ficticia seguridad en los centros, blindada por unos recursos que como diría aquel “ni están ni se les espera”, anuncian para ello esta barra libre educativa que esconda y minimice cualquier problemática acaecida durante el proceso y así “aquí no ha pasado nada”.

Espero como digo que esta ocurrencia solo sea pasajera, ya que a priori, tal y como explica este otro artículo, iría en contra de la propia Constitución al no depender de las consejerías y mucho menos de sus claustros de profesores, establecer los criterios de promoción del alumnado, no sea que luego las comunidades hagan suyo como acostumbran aquello de “Santa Rita Rita Rita lo que se da no se quita”. Que en el fondo daría igual quien delimitara esos criterios de promoción, el problema es que acabarían unas y otras haciendo política con los mismos, no jugándonos solo la coherencia de que en todas comunidades  se pase o no con la misma cantidad de suspensos, sino que les estaríamos permitiendo traficar y especular  con el esfuerzo de los alumnos, y con eso tal y como reza el título de este artículo, no parafraseando precisamente al más eminente pedagogo, sociólogo o experto educativo, sino a un simple entrenador de fútbol, con eso no se negocia.

Hablar de esfuerzo y de sacrificio en estos tiempos dentro de un contexto escolar, comienza a desprender cierto tufillo a carca y trasnochado. Ya no se habla de esfuerzo sino de emoción, ya no se apela al sacrificio sino a la motivación, ya no se ensalza el trabajo bien hecho, sino que se consiguen retos propuestos. Buscamos continuamente bochornosos subterfugios a nuestra práctica educativa que suenen ante la opinión pública y a sus modas pedagógicas de la forma políticamente más correcta, sin darnos cuenta que en verdad seguimos necesitando preservar y dignificar esas palabras ahora casi prohibidas y desterradas ya de este hipócrita lenguaje educativo. Nada hay más emocionante no solo para un niño sino también para un adulto, que un aprendizaje conseguido con esfuerzo, nada más motivante para él que sentirse capaz gracias a su propio sacrificio, nada más retador y sugerente que intentar superar las dificultades que entraña un trabajo bien planteado.

¿Por qué entonces pensamos que este Black Friday de promociones y titulaciones académicas en rebajas va a hacer ningún bien a nuestros alumnos? ¿No es esta, la de regalarles los méritos, la manera más infame de engañar a nuestros chavales? ¿No es esto ya una democratización sino una “Legalización de la ignorancia” (El Mundo)?

Y no es lo malo, lo que verdaderamente me preocupa, aquel alumno más bien vago y pachorrón, que desde el primer día al estar perfectamente informado funcionará con su esfuerzo a ralentí, sabiendo que tarde o temprano con suspensos o sin ellos, colgará de su habitación su diploma, orla o título acreditativo y distintivo, sin preocuparse lo más mínimo de si su función y validez es la misma que la etiqueta que portan en la oreja las ovejas. No, no es lo malo ese alumno en posesión de un título regalado, que ilusionado acudirá al taller de la esquina a realizar sus prácticas de mecánica, ya no sin saber hacia dónde se aprieta la tuerca, sino creyendo que un manguito es lo que se ponen los críos para meterse en la piscina. No, no es lo malo este alumno tampoco. Lo malo será ese alumno de las frías madrugadas de invierno para empollar, esa alumna que se pierde el concierto de su grupo preferido para repasar los últimos temas, esos chavales y chavalas también jóvenes pero lo suficientemente lúcidos y comprometidos con su causa, sus estudios, que sienten sobre sus hombros el peso de la responsabilidad al saber del esfuerzo económico que a sus familias les está suponiendo pagar su formación.

¿Qué va a ser de ellos? ¿Cómo vamos a mantener su nivel de implicación y compromiso, su entereza, su madurez, su honestidad y responsabilidad ante su cometido, si ven continuamente como su compañero de pupitre va titulando y sacando los cursos al igual que ellos, aun a pesar de estar suspendiendo hasta el recreo? ¿Qué va ser de ellos? ¿Qué va a ser de toda esa pléyade de estudiantes, mayoría en este país, que al acabar sus estudios y en posesión de estas titulaciones por liquidación, no van a tener la posibilidad de pagarse otra formación complementaria y/o los necesarios cursos y másteres posteriores, otro ingenio en política socioeducativa para cribar entre los que tienen y los que no, que les permitan el acceso futuro a un puesto de trabajo digno? ¿Qué va ser de ellos el día de mañana? Sin conocimientos, sin contenidos, sin capacidad para el esfuerzo y el sacrificio, sin posibilidad alguna de darle la vuelta a la tortilla y sin comprender como la misma sociedad que les ha guiado a ciegas por una apacible senda perfectamente prediseñada, ahora les pega la patada en el culo diciéndoles que todo lo que hasta ahora han hecho no vale para nada.

Estoy cansado de oírles hablar con la boca pequeña de desigualdades sociales.  Esas de las que tanto se acuerdan cuando hay elecciones o cuando no saben de qué hablar, como hicieron durante el confinamiento y la educación a distancia. Es esto lo que provoca desigualdad. No exigir, a todos, pero también y sobre todo a quien menos tiene dándole así herramientas, recursos y argumentos para salir adelante. Sacar la cabeza de una situación desfavorable, social, económica, educativa, requerirá esfuerzo, sacrificio y trabajo a base de bien. Negarles esos valores, esa formación de base, no es educar para paliar las desigualdades sociales sino agrandarlas poniéndoles el pie encima a aquellos que están más abajo.  

Es asombroso que estas políticas educativas, también sociales, vengan auspiciadas por quienes vienen, ya que no hacen sino alimentar el jolgorio de la bancada de enfrente que frotándose las manos piensa: “Nos las están poniendo como a Fernando VII”. Saben que estas actuaciones de bajada sistemática del nivel educativo, a la larga afectará en mayor medida a la calidad educativa de un sistema público cada vez más convertido en todo un “cajón desastre”, aprovechando nuevamente aquellos centros privados y concertados que tanto ensalzan, para ganar en prestigio y propaganda al erigirse en los defensores de filosofías antagónicas basadas estas en la excelencia académica, que podrán poner en práctica sin ningún tipo de problemas gracias a su selección lógica del alumnado, llamada por ellos libertad de elección de centro.

Primero nos cargamos el sistema en lo económico, recortando, eliminado, suprimiendo, después despreciamos y denigramos el conocimiento, lo curricular, facilitando, posibilitando, rebajando, y por último reventamos los valores fundamentales en los que debiéramos apoyarnos, excluyendo, apartando, extirpando. Así estamos. Así comenzamos este nuevo y complicado curso COVID, donde la educación está siendo totalmente secundaria. Donde cada vez el objetivo principal de la escuela, el de aprender, quedará más desdibujado. Donde entre la estupidez de unos, el interés de otros, la incomparecencia de muchos y la aquiescencia de todos nosotros podríamos decir aquellos de: “entre todos la mataron y ella sola se murió”.

Una muerte más, y esta no será por Coronavirus.

Feliz curso a todos.

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