LLEGAMOS TARDE

Hemos llegamos tarde. Víctima de este infausto virus que apesta a laboratorio y guerra fría, se nos marchó ayer de madrugada tal y como vivió, sin hacer ruido, sin molestar, en el más absoluto de los silencios y la discreción. Como él era. Un hombre bueno.

Se nos fue Juan, Don Juan ya lo será para siempre en nuestra memoria, dejándonos a todos “un siete en el corazón y un mar de dudas”, aguantando con congoja la respiración para que esto no vaya a más, e intentando anestesiar el alma con cualquier banal entretenimiento que nos haga pensar en cosas menos trágicas.

Tristeza por el hecho de morir, de perder a un ser al que se le ha querido, apreciado y respetado, pero más aún dolor por la soledad en la que se va. Por lo macabro y cruel de no poder ser acompañado por sus gentes, sus vecinos, sus amigos,… Personas que sobrevivieron a atroces conflictos y a todavía más aún duras posguerras repletas de penurias, hambre y frío. Personas que han peleado con denuedo y arrojo, que se ganaron a pulso un lugar en el corazón de cada uno de nosotros y que acaban siendo enterrados por necesidad en la más absoluta clandestinidad, como avergonzándonos de su existencia.

Por eso se nos hizo tarde. Porque no llegamos. Porque este implacable y despiadado virus no ha permitido que él viviera, como hubiera merecido,  junto a otros compañeros también maestros, el sencillo pero sentido homenaje que antes del comienzo de toda esta pesadilla, se estaba fraguando en Mallén aprovechando la efeméride del incendio de las escuelas, “Las nacionales”, aquellas que lindaban con la iglesia. Aquellas que fueron pasto de las llamas una mañana de marzo de 1970, dejando a todos los niños en la calle entre confusos y encantados, calcando la estampa que cincuenta años después se repite con macabra exactitud, en la que también joviales pero desconfiados, vuelven los niños a casa sin escuela aunque no precisamente esta vez a causa de un incendio.

A él, como a otros muchos, se les iba a volver a dar voz, protagonismo, a volver a poner en valor su testimonio social y educativo, historia viva de las gentes de cada pueblo, pero no hemos llegado. La vida, que uno a estas alturas ya ha caído en la cuenta de que “empieza a pintar más a drama que a comedia”, no entiende de justicias, de homenajes ni de sentimentalismos y ha querido que fuera él, como podía haberlo sido cualquier otro vecino, la primera víctima de nuestra gran familia llamada Mallén.

De ahí que estemos ahora doblemente obligados a rendirle honores cuando todo este delirio pase.  Primero por no haber llegado a tiempo, por no haberlo hecho antes. Acostumbramos todos como sociedad a mirarnos demasiado el ombligo, a no tener tiempo nunca para los demás, y tenemos que correr después improvisando emotivos homenajes a título póstumo, que muchas veces solo buscan acallar nuestras maltrechas conciencias. En segundo lugar para acordarnos siempre de este tiempo, de esta pesadilla que estamos viviendo, para que nunca se nos olvide de cuanto perdimos en ella y sepamos valorar y aprovechar aquello nuevo que estamos aprendiendo.

Así  pues, por el virus y por él, por Don Juan, en su recuerdo, pero también por todos esos maestros que todavía están y los que ya no, aquellos que lucharon por la educación en libertad de todo un pueblo, que supieron hacer y crear escuela, consiguiendo no solo educar a generaciones y generaciones, sino también sembrar la semilla de la docencia en tantos y tantos vecinos que siguieron sus pasos, debiéramos de rendirles ese merecido homenaje y tributo dedicándoles, propongo desde aquí, su merecida calle, plaza o parque del maestro. Porque todos ellos lo merecen y sobre todo merecen poder verlo y disfrutarlo en vida, con sus gentes, con sus vecinos, con un pueblo que agradece y reconoce su labor, como a él seguro también le hubiera gustado sentirlo y vivirlo, pero no hemos llegado.
D.E.P. Juan

 

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