PADRES DE LOS 80

Moría Chanquete y La Dorada quedaba sola en lo alto de aquel monte. Días más tarde, Julia cogía la guitarra y junto a Pancho, Bea, Javi, Desi, y el resto de la pandilla, entonaba con lágrimas en los ojos aquella triste canción de “El final del verano”. Haciendo nuestra la enorme sensación de desconsuelo y pérdida que anidaba en cada uno de los chicos de la serie, poníamos con aquellos hipnóticos acordes de fondo, punto y final a largas tardes de playa y piscina, de nuevos amigos, de inolvidables amores y de miles de aventuras en bicicleta. Todo quedaba atrás ante un nuevo curso escolar que perezoso ya asomaba a la vuelta del calendario. ¡Nosotros fuimos la generación de los ochenta!

 

punkis ret

Nacidos a caballo entre varias décadas, crecimos, maduramos y definimos nuestro propio yo, en esos convulsos años ochenta y principios de los noventa. A través y gracias a ellos, a sus circunstancias y a sus innumerables y dispares acontecimientos, pudimos forjar nuestra razón de ser, casi siempre con una característica común a todos nosotros, el compromiso, la implicación por lo que estaba pasando. Fue esta una generación que destacó por su carácter y su personalidad. Una generación, o generaciones, que iniciaron y lideraron un cambio cultural, musical, ideológico, político y social, siempre enarbolando la bandera del inconformismo, de la lucha contra el sistema, del cambio y de la libertad. Fuimos provocadores, transgresores, irreverentes, vanguardistas,… gente sin complejos. Fuimos simple y llanamente rebeldes. Rebeldes con causa.

Esa rebeldía que a todos los lados nos acompañaba y de la que tanto presumíamos, aunque se fue poco a poco diluyendo como era de esperar en el inexorable camino hacia la madurez, no fue guillotinada de cuajo hasta aquel crucial momento en que con cara bobalicona y expresión tontuna, anunciamos a nuestro entorno: “¡Chicos, chicas, estamos embarazos!”  No se sabe muy bien si ese categórico cambio de mentalidad vino animado por voluntad propia, o suscitado por una sociedad a la que cobardemente nos plegamos, para seguir así al pie de la letra los modelos de buena praxis y conducta ejemplar a cumplir, una vez una o uno se entera de su futura maternidad o paternidad. Es decir… “La cagaste Burt Lancaster”, que cantaban los ochenteros Hombres G.

 

 

 

 

Centrándonos en nuestro mundo educativo, del que este blog se ocupa, ¿qué nos queda como padres de todo aquello? ¿Queda algo de nuestra rebeldía, de nuestro valor, de nuestra autenticidad, de nuestra tozudez por hacer las cosas a nuestra manera? ¿Cómo es posible que esta generación de padres, aquellos mismos que de jóvenes se enfrentaron y plantaron cara a todo un sistema establecido, vaya a pasar a la historia por no ser capaz de hacer lo mismo ante las rabietas de sus hijos? ¿Cómo es posible que la misma generación que peleó por la libertad, no sólo política, sino también social, sea la misma que vive ahora esclava de las apetencias de sus retoños? ¿Cómo es posible que la generación que se atrevió a salir a la calle con crestas y pelos de colores, tupes de medio metro, patillas de Curro Jiménez, chupas, cazadoras de borreguillo, y un sinfín de excentricidades con las que hacían gala de no tener ningún tipo de complejos, esté ahora mismo subyugada como padres, a las frívolas costumbres y maneras del “Manual del perfecto Papá o Mamá”?

Es lógico, que ante una recién estrenada paternidad o maternidad, tu primer y casi único cometido en la vida, el más esencial, sea el de cuidar y proteger a tus hijos. Es casi un instinto vital que como animales necesitamos cubrir y satisfacer. Poco a poco, esa palabra con mayor peso en los primeros años de vida como es proteger, debería de ir dando paso a otra de igual o más calado como es educar. Sin embargo, es en el momento de esta necesaria transición hacia otro tipo de obligaciones paternales, dónde estamos fallando estrepitosamente, bien por retardarla en demasía, bien por no llegar siquiera a consumarla. La todopoderosa burbuja de proteccionismo que hemos construido para ellos, protege pero no permea los aprendizajes. Ese afán de sobreprotección tan desmedido, es quien como padres nos hace ser capaces de meternos en la piel de los más inverosímiles personajes de nuestra generación, con tal de que el niño o la niña no sufra un ápice, no pase vergüenza, no se vea señalado, no se vea en la disyuntiva de tener que tomar la iniciativa o no tenga que esforzarse física o mentalmente más de lo que nosotros consideremos necesario. Tirando un poco de humor y hemeroteca ochentera, tres serían los papeles que asumiríamos con plena dedicación, coincidiendo con otras tres etapas bien diferenciadas en el sistema educativo actual: etapa de guardería, ciclo de infantil y primaria.

EL EQUIPO -A-

Si lo nombras con fuerza y determinación, seguro que puedes oír en tu cabeza los disparos de aquella ametralladora con los que se sobreimpresionaban las letras en la pantalla al inicio de cada capítulo. ¡Qué tiempos aquellos!: “El equipo A, si les encuentra, quizá pueda contratarlos”. Parece ser que no los encontramos, pero en su ausencia, asumimos ilusionados en primera persona este papel, que conservaremos desde antes ya de su nacimiento, hasta más o menos la llegada de nuestro hijo a la escuela. Conocemos, al igual que ellos, cual es la clave del éxito, trabajar unidos, en equipo. Si somos capaces de manejar las evidentes diferencias y puntos de vista que a partir de ahora van a surgir, seremos capaces de resolver cualquier situación que se nos presente, por compleja que esta sea.

Recién asimilamos la noticia de nuestra futura paternidad, el Equipo A comenzará febril su desempeño.  En cuestión de días, se afanará blindando la casa por dentro y por fuera, minimizando todos los supuestos peligros por inconcebibles que puedan parecer, como si en vez de un niño fueran a convivir a partir de ahora con un reactor nuclear. En tiempo record, como solían hacer, sumirán el entorno doméstico en un auténtico espacio restringido de máxima seguridad nacional, sellando a cal y canto la sagrada paz interior del bebé. Los artilugios ex profeso utilizados para este menester, serán extraños y futuristas, pertenecientes todos ellos al mundo paralelo de las palabras compuestas: cubre-enchufes, taca-taca, corre-pasillos, escucha-bebés, maxi-cosi, saca-leches, pasa-purés, calienta-biberones, braga-pañal,… Una vez resuelta la logística, queda definir y diseñar un estratégico y preciso plan de actuación. Ahí, el Hanníbal Smith de la familia, lo tiene muy claro: “Todo durante estos primeros meses tiene que estar bajo riguroso control. Y cuando digo todo es todo, ¿me oyes?”. “¡Por supuesto cariño!”

Ese control exhaustivo, normalmente se suele regir por una premisa inquebrantable “siempre mejor que sobre que no que falte”, más aún para aquellos padres primerizos, que cuentan siempre con la presión añadida de la duda. Así que: “¿Qué creemos que puede tener frío la niña?” No pasa nada, además del pañal y el body interior, le pondremos el pijama de osito de felpa gruesa, los calcetines de ganchillo de la suegra, y por si acaso dos mantas encima de franela. Además, a partir de ahora dormiremos siempre con la calefacción encendida para por si acaso, y solo pasearemos los días que haga bueno y por el sol, no sea que se le vayan a enfriar los oídos.

¿Por lógica que es lo que va a pasar más pronto que tarde? Pues que cuando salga a la calle se enfríe, o que cuando vaya a la guardería pille absolutamente todos los males uno tras otro, volviendo a los padres en auténticos hipocondriacos con sus propios hijos. No hace falta ser médico, para saber que la niña, viviendo así, no ha generado en su cuerpo ningún tipo de defensa. Solución por la que optamos, más burbuja, más en casa, más abrigo, menos paseos al aire libre. Todo lo contrario de lo que nos dicen los especialistas, ¿pero…? : “¡Es que así me quedo más tranquilo!”, “La última vez que se enfrío lo pasó muy mal”, “Tengo a mi madre todo el día detrás diciéndome que abrigue a la chica”,… “¡y oye yo prefiero!”¿Es esto ser un buen padre o madre? ¿Quedarse más tranquilo? Negarle la posibilidad de algo tan básico como pasear, como respirar aire puro.

¿Qué es lo que nos está sucediendo? Son nuestros miedos, nuestros temores, quienes nos están haciendo llevar todo al extremo, quienes están desterrando gravemente el sentido común y quienes no nos están permitiendo darnos cuenta de cómo les estamos perjudicando. Todo por no ser lo valientes que un día si fuimos, y que también requiere lo seamos en la paternidad.

Si dañina resulta esa pérdida de valentía como padres, peor aún es la pérdida de aquella capacidad ochentera de rebelarse contra lo establecido. Lo que sucede en algunos hogares los primeros años de vida con las dichosas rutinas del bebé, es a todas caras inconcebible. Cuando el pediatra nos sugiere sabiamente, que en la medida de lo posible, sigamos unas rutinas y horarios para que el niño o la niña se vaya centrando y adaptándose a los ritmos, ¿qué parte de en la medida de lo posible no hemos entendido? Llevamos estas indicaciones hasta tal extremo, que en muchos casos la paz y la concordia familiar, se ven puestas en peligro por el cumplimiento puntual y a rajatabla de dichos hábitos, que en ocasiones llegan a desquiciar a los propios padres. ¿Pero quién de nosotros se ducha todos los días a la misma hora, cena la misma comida y en las mismas proporciones, utiliza siempre el mismo plato o biberón y se acuesta con el mismo pijama, escuchando el mismo cuento mientras suena de fondo la misma melodía? ¿No nos damos cuenta que a fuerza de llevar las rutinas al extremo, estamos convirtiendo a nuestros hijos en auténticos maniáticos, además de esclavizarnos como padres a un régimen cuartelario sin sentido? ¿Cómo es posible que cuando vemos que se nos está yendo de las manos, no seamos capaces de reaccionar, de rebelarnos como hacíamos antes, y de retomar un clima de serenidad, calma y placidez, dónde el primero de los objetivos como familia, de pareja o uniparental, sea el de disfrutar de nuestros hijos y ellos de nosotros?

Sigue habiendo familias que presumen públicamente, de su capacidad para llevar esas rutinas y horarios de manera totalmente estricta e inflexible. La sociedad es cómplice de su forma de actuar, ya que les refuerza equivocadamente la percepción que ellos tienen, de qué actuar así es un plus de prestigio como padres. La pregunta es sencilla, ¿qué pasará el día en el que los tan enraizados hábitos del niño, no se reproduzcan con la misma precisión? Porque llegará el día, en que refrendados por el progresivo control de la situación que hemos ido adquiriendo como padres, deseemos junto con nuestros hijos, en familia, con amigos, hacer algo tan simple pero a la vez tan placentero, como salir a dar una vuelta, tomar un café o una cerveza, comer o cenar fuera. Ese día, el niño se verá en una situación para la que nunca ha sido entrenado. Querremos subir de golpe un buen trecho de escalones y el bofetón está más que asegurado. El niño empezará a ponerse rarico, para poco a poco ir derivando hacia un berrinche antológico y monumental. Pasará el pobre muy mal rato y nos lo hará pasar a todos los de demás, amargándonos la velada. Nos llenará con su llanto público de culpabilidad como padres, avergonzándonos ante los demás (no deberíamos), y como no estamos preparados para verlo enojado, rápidamente y con los nervios a flor de piel, correremos a buscar el chupete o biberón de guardia que calme su malestar y deje así de llorar. Ni opción le daremos a protestar a la criatura, a que nos pida las cosas, porque llorar es su forma de pedirlas, de comunicarse, y nos está diciendo muy claramente que algo no estamos haciendo bien.

Debemos recapacitar y poco a poco, de manera progresiva, ir abriendo de manera sutil la claustrofóbica burbuja tan sofisticadamente construida por el Equipo A, para al igual que un pollito que por iniciativa propia va rompiendo el cascarón, dejar también que sean ellos quienes vayan asomándose al exterior y descubran maravillados el mundo que les espera. Les va y nos va costar, es normal y necesario, el aprendizaje requiere de esfuerzo y sacrificio. Ellos deberán de poner empeño, nosotros deberemos de darles espacio, tiempo y confianza. Esa es la fórmula. Eso, u optar por una decisión salomónica: “¡Nunca más! ¡Aguantaremos en casa hasta que se haga mayor!”

Si en tu desánimo, abatido ya ante una situación que te supera, cometes además el error de sincerarte con algún miembro del clan de los superpapás y/o supermamás, estos acabarán por hundirte totalmente en la miseria, ya que es fácil que te espeten con desprecio: “¡A mí, mis hijos no me supone ninguna carga, esta es la vida que hemos elegido, habértelo pensado mejor!” No te calles. No te lo creas. Hay otra vida como padres sin tener que rehuir de nuestras responsabilidades. Contéstale: “Nosotros también hemos elegido esta vida con hijos, pero precisamente para eso, para vivirla, para disfrutarla con ellos y con todos los que nos rodean, no para sufrirla bajo el secuestro de la seguridad, el control, el orden y la soledad. Una vida donde compartir en familia un improvisado atardecer crepuscular, sea mucho más importante, que una ducha puntual a las ocho”.

 

Comienzo del capítulo “Padres de los 80”.

A mis quintos.

 

 

Un comentario sobre “PADRES DE LOS 80

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