A MIS MAESTROS

No se llevaron ni cinco minutos entre los tres. Seguramente ellos no se cruzaron. Si lo hicieron, pagaría por saber que se dijeron. Cómo se saludaron. El primero, con su inconfundible americana de tweed, caminaba despacio, con pasitos muy cortos, mirando bien donde pisaba, temeroso de caer. Regresaba afable y sereno como siempre lo fue, a la residencia que desde hace ya un tiempo tenía por morada. El segundo seguía marchando erguido y elegante. Mantenía la sobriedad de su porte, todavía trajeado y acompañado de su característico bigote. No se apreciaba que su presencia hubiera perdido ni un ápice de la autoridad que infundía. Me sorprendió verle con una carpeta roja debajo del brazo, como si sus responsabilidades escolares hubieran ido más allá de la vida en el centro. A ella, a la que fue mi gran maestra, la encontré más tarde, cerca de la ermita. Paseaba sin rumbo, tranquila y pensativa. Con el pelo totalmente cano y apoyada en un bastón, se paraba gozosa a disfrutar de unos templados rayos de sol invernales, mientras quise imaginar, repasaba mentalmente los cientos y miles de niños que por sus manos habían pasado. Ellos tres, aunque pudieran ser otros muchos, fueron mis maestros de la infancia. Y de ellos, como de tantos otros, hacía un tiempo que yo quería hablar por estos lares. Romper una lanza en su favor, brindarles un mínimo de justicia y reconocimiento.

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En estos tiempos de razonamiento irreflexivo e imbecilidad demagógica, en los que tanto nos gusta juzgar a la ligera,  obviando los imprescindibles contextos en que se suceden las cosas, cuando nos ponemos a hablar de antiguos docentes, de aquellos maestros y maestras que muchos de nosotros tuvimos en la ahora también denostada E.G.B. (que para lo único que parece haber servido en la actualidad es para montar festivales musicales), subestimamos e incluso despreciamos con total frivolidad y poca vergüenza, la profesionalidad, competencia y buen hacer de los mismos. ¡Hay que joderse!

Con estupor oigo cada vez más comparar a los docentes de antes con los de ahora, como si el espacio y el tiempo no fueran determinantes en la fórmula, como si treinta años de profundos cambios y transformaciones sociales e ideológicas no importaran o no fueran lo suficientemente concluyentes. No lo hacemos así sin embargo cuando los cambios pertenecen al campo tecnológico, no pasándosenos a nadie por la cabeza comparar ni por un instante las prestaciones de un seiscientos con los vehículos de hoy en día. Con las maquinas los contextos sí que juegan, con las personas parecen que no.

Puedo entender algunos comentarios ofensivos hacia ellos entre exalumnos ajenos al mundo de la educación, pero no puedo tolerarlos entre compañeros de profesión, entre aquellos maestros y maestras que un día fueron también sus alumnos, y que en lugar de reconocerles tantas y tantas cosas como hicieron bien, les recuerdan una y otra vez de manera rastrera, todas aquellas otras que vistas con ojos del siglo XXI son susceptibles poder haberlas hecho mal. Dudando continuamente de sus métodos pedagógicos, de su atención a la diversidad, de incluso su disposición hacia la docencia, lanzándoles a la cara constantemente su manía de repetir año tras año el mismo libro, las mismas actividades y las mismas peroratas magistrales. Me indigna sobremanera que los mismos que alegremente se despachan con este tipo de argumentos, no sean capaces de reconocerles y de acordarse de que aquellos docentes tiraban para adelante con clases de cuarenta alumnos, quizá menos diversas que las actuales, pero también con altas tasas de conflictividad. Que apechugaban con alumnos de todo tipo, tripitidores totalmente fuera del sistema también, y no lo hacían solo sin queja, si no también sin apoyos, sin especialistas, sin audiciones ni lenguajes, sin orientadores, mediadores ni dios que te crió. Allí estaban, solos ante el peligro, y no solo conseguían un clima de trabajo dentro del aula y un respeto por el compañero que para estos tiempos yo querría, sino que aseguraban además que aquel alumno que quería tirar pa´lante, que quería trabajar, mientras él o ella estuviera al frente de ese barco, tiraría.

Aún así, cortos de argumentos de peso, creyendo que criticar el pasado va a reportar un mayor reconocimiento profesional en el presente, los detractores buscan de manera traidora el suceso esporádico, aquel indefendible hoy en día por oscuro y peligroso. “Es que a veces levantaban la mano”. “Es que daban con la regla”. “Es que en sus clases se trabajaba porque les teníamos miedo”. No. No era miedo. Se llamaba respeto, que es bien diferente. Y desde luego, sin justificar de ninguna manera la violencia en las aulas sea del tipo que sea, si así ocurrió, fue algo totalmente extraordinario. Porque parece que a fuerza de repetir este tipo de anécdotas puntuales, algunos se han llegado a creer, que en clase el borrador andaba volando constantemente contra las cabezas de los alumnos que despistados no seguían las explicaciones de la pizarra. Si alguna vez recibimos alguna torta, alguna hostia educativa más bien diría yo, casi siempre fue más que merecida. De las de los demás y de sus consecuencias yo no puedo hablar. Seguramente haya quien se pasó y eso es del todo reprobable. Pero de las mías, desde luego que se las agradezco todas. Como se suele decir coloquialmente quitaban mucha tontería, te hacían volver a la realidad, poner los pies en el suelo y aprender que es lo que se podía o no se podía hacer. Te enseñaban con realismo e inmediatez cuales eran las líneas rojas que no debías nunca de cruzar. Repito, no las defiendo, ni por supuesto tienen cabida alguna en el contexto actual,  pero tampoco me parece justo juzgarlas a posteriori, tres o cuatro décadas más tarde. Además creo que como en la actualidad, quienes debieran de haber juzgado aquellas intervenciones educativas eran las familias, y muchas de ellas animaban e instaban incluso al docente a enderezar el junco a base de jarabe de palo si este se torcía. Lean al hilo de esta cuestión este sensato y brillante artículo del gran Fernando Aramburu, autor de “Patria” (libro que aún están a tiempo de regarlo por Navidades, el receptor a buen seguro se lo agradecerá), titulado “Bofetadas en el colegio”. https://www.elmundo.es/opinion/2018/12/09/5c0ba65ffc6c83177e8b462c.html

Pero todavía hay mucho más. Muchas loas por mentar. Mucho terreno conquistado para nosotros, que triste y vagamente hemos dejado perder. No nos acordamos ya de su dignidad profesional. De su seriedad y firmeza. De cómo hacían valer la autoridad moral de sus decisiones ante las familias y los alumnos. De cómo utilizando únicamente su rigor profesional, su experiencia, su saber, y su poder de persuasión lograban  convencer a las familias y convencernos de que era lo mejor para nosotros. No necesitaban para ello estar constantemente sonriendo, chocando manos a la entrada, ni mostrándose siempre amigables con los alumnos, tampoco figurar ante las familias para ganárselas excesivamente servicial o solícito. Es cierto que eran otros tiempos, que su prestigio y reconocimiento profesional ante la sociedad estaba aún intacto, pero no fueron ellos, sino nosotros, quienes fuimos dilapidándolo tontamente y perdiéndolo por el camino. Por tanto a ellos no podemos tampoco culparles de este hecho.

Insisten aun así: “Ellos lo tuvieron muy fácil. Nadie les discutía. Lo que decían iba a misa”. ¿Fácil? En plena convulsión social, con muerte del dictador, transición en puertas, golpe de estado de por medio, y una democracia aún débil e inestable, que no aseguraba todavía para nada salir algún día por tricornios escoltado de la escuela, a dar un paseíto hasta la puerta del cuartel, o a la tapia del cementerio vete tú a saber, por hablarnos abiertamente de Galdós, Unamuno, Machado o Azorín. ¿Fácil? Intentar entonces hacer pedagogía y explicar desde el alambre, asuntos como por ejemplo una guerra civil, en pueblos y ciudades donde tu abuelo o abuela todavía aún lloraban a un hermano caído o nunca encontrado. ¿De verdad era ese un escenario más fácil que el actual para impartir clase?

Lo que creo es que en los tiempos que corren, la única manera de dignificar la función docente para algunos, es huir hacia adelante. Hablar mucho del profesor del futuro, del mesías que llegará, del “supercouch” promotor de emociones tres punto cero, experiencias vanguardistas y metodologías cibernéticas, menospreciar el presente y defenestrar de un plumazo el pasado. Nos siguen recordando persistentemente: “Es que sus clases magistrales no valían, eran aburridas, monótonas y el alumno no participaba”, aquellos mismos que aplauden a rabiar y vitorean prácticas metodológicas actuales como el “Flipped classroom”, consistente en grabar esas mismas clases magistrales ante cámara, para que sus alumnos las vean en casa en un canal propio de You Tube. “Es que ahora se impone el tocar, el ver, la práctica, la experimentación”. ¿Pero es que no se acuerdan de que ellos ya impulsaban estas prácticas cuando marciales y en recta fila bajábamos a aquellos desangelados laboratorios del colegio? “Ahora hay que presentar todo de manera visual, el niño necesita de contenidos multimedia estimulantes”. ¿Pues no fueron ellos quiénes comenzaron a utilizar aquellos complejos aparatos de diapositivas, que a veces incluso con toda paciencia del mundo ellos mismos se fabricaban? “En la actualidad es fundamental el aprendizaje cooperativo, el trabajo en equipo”. ¿No se mandaban ya por entonces trabajos con tu compañero de mesa, o con tus amigos, para hacer a la tarde en casa, antes de salir dar vueltas con el patinete y el bocadillo de Nocilla?

Creo que no se ha hecho justicia con ellos. Con toda esa excelente generación de docentes que tanto a todos nos aportó, y que aunque no lo pareciera, tanto luchó por iniciar un cambio educativo, sin dejar nunca de cumplir el papel que por entonces la sociedad les asignó. Cumplieron su cometido a la perfección, ciñéndose en cada momento a las exigencias y circunstancias, sabiendo resolver con destreza y determinación las vicisitudes encontradas en el camino. Quizá en eso, en la eficacia profesional, en cumplir los propósitos que la sociedad había atribuido a su cargo, estén unos  peldaños por encima del docente actual, no por culpa de este, sino por no saber muy bien qué es lo que verdaderamente la sociedad hoy en día como conjunto de nosotros espera.

Mi generación, somos lo que somos en gran medida por ellos. Nuestros padres, mucho menos formados, delegaban sin miedo muchas de sus funciones educativas en ellos, en su dilatada experiencia y saber, para luego en casa acompañar, complementar y apoyar sin fisuras lo determinado por el maestro. Hoy en día tengo la ligera impresión que las familias intentan delegar menos, queriendo ser más protagonistas de la educación de sus hijos, algo enormemente positivo si no fuera porque también cada vez confían menos en la escuela, en sus maestros, no siempre apoyando y aprobando sus decisiones, y a menudo discutiéndolas. La dualidad inquebrantable y necesaria entre familia y escuela hace tiempo que se hizo añicos.

Necesitaba escribirlo. Escribirles. Agradecerles en estas fechas navideñas todo su empeño y dedicación. Su paciencia con todos nosotros. Su buen hacer. Hacerles saber que nada cayó en saco roto. Aunque olvidáramos muchos de los contenidos que con perseverancia nos enseñaron, nunca se nos olvidó aquello más fundamental que nos inculcaron, la importancia capital de trabajar con esfuerzo y con ahínco. De mantener y honrar ciertas normas de educación fundamentales para vivir a en sociedad. De intentar las cosas una y mil veces hasta conseguirlo, sin frustraciones, aprendiendo también a aceptar la posibilidad de fallar. Supieron tendernos la mano cuando nos hizo falta y de quitárnosla cuando ya nos sobraba. Supieron darnos espacio, exigirnos, no permitirnos dormirnos en los laureles como solían decir y por supuesto supieron educarnos en el respeto y la tolerancia. Fue esta una educación, como a otro de mis grandes maestros le gustaba decir, de “mano de hierro y guante de seda”.

Quiero pensar que la placidez con la que los tres paseaban aquella mañana, serenos y despreocupados, era fruto de ser perfectamente conscientes de haber hecho un gran trabajo. De tener la conciencia muy tranquila por haber hecho todo lo que estuvo en su mano, actuando siempre de la mejor forma que pudieron y supieron, con un máximo de dedicación y esfuerzo. Cada uno a su manera, siempre fieles a su propia y fuerte personalidad, a su estilo, como hicieron durante tantos años de docencia. Y es por todo esto, pero también por muchas otras cosas más, por lo que debemos de estarles eternamente agradecidos. Y aunque sólo sea a estos tres de manera simbólica, en representación de tantos y tantos otros docentes de esta generación, pararme la próxima vez que con ellos me cruce y venciendo mi vergüenza, poder mirarles a los ojos y decirles de tu parte y de la mía “¡Muchas gracias por todo, maestro!”.

 

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